31 may. 2008

UN PEZ QUE VA POR EL JARDÍN

La voz esencial de José Corredor-Matheos



“No creo que la poesía castellana contemporánea pueda presentar otra obra tan exigente de síntesis y absoluto –exceptuando a Juan Ramón Jiménez– como la de Corredor-Matheos. Ni tan valiente. Pues ni la fe ni la esperanza han de sostenernos, sino nuestra desnuda e insobornable condición humana, y su entorno fatal.”

Ángel Crespo analizaba en su prólogo justo y claro, el volumen Poesía 1951-1975 (Plaza & Janés, 1981) del poeta manchego (Alcázar de San Juan, 1929) y catalán. Desde Carta a Li-Pó, ciertamente sabía que tomaba caminos inmarcesibles para fomentar la perfección (pez, pájaro, poema...), concebir el nirvana y resistir la maldad. Corredor-Matheos –siempre niño– lo llama don de la ignorancia: “Si a este inocente pájaro / nada le importa más / que gozar el instante / e ignora que ha nacido / y que ha de morir, / ¿porque habrá de importarme / a mí, si es mi vida / corta como la suya / y soy feliz también / bajo esta fina lluvia, / ignorándolo todo?”

“Amigos del alma” y modelos de la mejor poesía manchega. Ambos con ilustres distinciones. El inolvidable creador de Alcolea de Calatrava –allí donde esté–, sentirá satisfecho el fluir hermoso, fértil y renovador, que caracteriza a las obras de este gran hombre (más inmenso por su sabia sencillez), orientándolas hacia un humanismo responsable, fraterno, siempre necesario. Y también convencido del vuelo y la caída: “Un día no será / ya mundo el mundo, / ni dolor el dolor, / y nos será devuelta / la vida arrebatada.”



En el Aula Cultural Universidad Abierta, tuve el privilegio de asistir al recital ofrecido por José Corredor-Matheos, sobre poemas del libro titulado Un pez que va por el jardín. Algo más que poesía me conmovió: la sublime claridad del maestro para sentir, comprender y nombrar con amor el mundo, la tierra, cielos e infiernos, maravillas, inquietudes, soledad, desamparo... y tantas otras cosas recibidas: “Todo, despierto en el ocaso, / alerta. / Y alguien que lo contempla / desde el tren / y lo puede gozar, / pero no detenerlo. / Alguien que es monte, olivo, / y es piedra, cerca, casa. / Que es trigo que germina / y sombra, también sombra.”

Escudriñando verdades profundas en cada ser, belleza, vida y muerte, un silencio que infunde valor a las palabras inocentes que acuden desnudas al verdadero asombro, la dulce armonía donde el poeta hace posible lo imposible: “Ponerte a ver el mundo. / Ir contando sus piezas. / Y al final descubrir / que falta una. / No saber dónde está, / pero intuir / que hay una solución, / que has de dar tú.”
La cultura del poeta y crítico de arte tiene múltiples raíces: atesora conocimientos (iluminaciones) de filosofías orientales, los racionalistas del siglo XX y sus amados poetas metafísicos ingleses. Pienso en las palabras de Nietzsche: “Esta vida, tal como ahora la vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y no habrá nunca nada nuevo en ella; al contrario, cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida volverá a ti, y todo en la misma secuencia y sucesión; incluso esa araña y ese rayo de luna entre las ramas, incluso este instante”.

Una manera de discernir similar a la poesía de Rilke, que hacía que las cosas hablasen por él. Corredor-Matheos así lo expresa: “¿Porqué, si soy un pez, / un pájaro y un árbol, / la angustia de ser hombre / hace que todo / me resulte, de pronto, / tan extraño?”

El conocido poeta persa del siglo XI, Omar Kheyyam, autor de las célebres Rubaiyat, afirmaba: “¿Has contemplado el mundo? Cuanto has visto no es nada. / Nada cuanto has oído y nada cuanto has dicho. / Y nada es, asimismo, que te hayas entregado / a la meditación, solitario, en tu casa.”

Y José responde con sus versos: “Crees sentir en ti / algo muy poderoso, / a punto de nacer, / pero te engañas. / Sientes que estás a punto / de poder conocer / lo incognoscible, / y te engañas también. / No piensas ya en nada, / y ahora aciertas, / y no sabes en qué.”

Felicidades, maestro. La satisfacción de volver a abrazarte ha crecido releyéndote.

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