3 abr. 2010

Miguel Hernández, corazón y verdad de la poesía

“Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.”
Miguel Hernández

Ante la tumba del joven pastor-poeta, su gran amigo Vicente Aleixandre declaró estas palabras: “Tú, el más puro y verdadero; tú el más real de todos; tú el no desaparecido.”
Miguel Hernández Gilabert (Orihuela, 1910 - Alicante, 1942) murió encarcelado, pero sin tolerar en su cuello aquel punzante yugo franquista. José Mª de Cossío, quien le facilitara colaborar como su secretario en el último volumen de la enciclopedia “Los Toros”, quiere convencerlo, inútilmente, para que firme un documento renunciando a sus ideas marxistas y prometiendo lealtad al régimen, con el fin de sacarlo del reformatorio de Alicante y salvar su vida, ya destrozada por un implacable calvario de prisiones y miserias.

Juan Ramón Jiménez, al conocer su libro El rayo que no cesa, escribe favorablemente en el diario El Sol, y reivindica: “Que no se pierda esta voz, este acento, este joven aliento de España.”
Antonio Buero, dramaturgo, compañero del poeta en las cárceles de Torrijos y Conde de Toreno, donde dibuja el conocido retrato de Miguel (25-1-XL), revela su calidad humana en unos momentos tan difíciles, pues ambos tenían aún penas de muerte: “Cuando íbamos a comer, le pedí que viniera a compartir lo que había y Miguel contestó: Es muy poco lo que tenéis, comer vosotros. En cambio, si le mandaban un paquete nos decía: Me han traído esto, vamos a comerlo juntos.”

Los temas centrales de su poesía son el amor, la libertad (lucha en primera línea defendiéndola), el sufrimiento del hombre y la muerte, esa sombra que conoce sus inspirados versos: “Me persigue la sangre, ávida fiera, / desde que fui fundado, / y aun antes de que fuera / proferido, empujado / por mi madre a esta tierra codiciosa / que de los pies me tira y del costado, / y cada vez más fuerte, hacia la fosa.”

Insaciable muerte, “nombre sin fecha”, símbolo turbador que, tras perder la vida su compañero del alma, Ramón Sijé, se tornará en la más bella y famosa elegía del idioma castellano: “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada.”

Amor a la vida lejos de la ciudad, acostumbrado al aire, el viento y la lluvia: “Todo lo que significa / golondrinas, ascensión, / claridad, anchura, aire, / decidido espacio, sol, / horizonte aleteante...” Y solidario sufrimiento con los trabajadores, proletarios de la tierra, guerrilleros del sol y de los trigos, enfrentándose a las injusticias de los poderosos: “Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos.”

Amor apasionado, “Te me mueres de casta y de sencilla”, por la que será joven esposa del soldado: “Espejo de mi carne, sustento de mis alas, / te doy vida en la muerte que me dan y no tomo. / Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas, / ansiado por el plomo”.

Amor desesperado por su segundo hijo, Manuel Miguel (muerto el primero, Manuel Ramón, en diciembre de 1937), cuando Josefina le confiesa que no puede comer más que pan y cebolla: “Vuela niño en la doble / luna del pecho: él, / triste de cebolla, / tú satisfecho. / No te derrumbes. / No sepas lo que pasa, / ni lo que ocurre.”

Miguel Hernández, inmarcesible rayo donde fulguran versos conmovedores y fundamentales, que describen -como ningún otro poeta- la tragedia sufrida en España por la rebelión militar contra el gobierno republicano y la terrible represión franquista de postguerra: “No, no hay cárcel para el hombre. / No podrán atarme, no. / Este mundo de cadenas / me es pequeño y exterior. / ¿Quién encierra una sonrisa? / ¿Quién amuralla una voz?”

Su voz ejemplar, sin tiempo y sin olvido, gritando siempre la verdad: “España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos / de dolor y de piedra profunda para darme: / no me separarán de tus altas entrañas, / madre.”
Aquí debo recordar al otro gran amigo, Pablo Neruda, ferviente admirador que consigue liberarle de su primer arresto (Madrid, septiembre de 1939) y le confirmará después en sus poemas: “Nadie, Miguel, te ha olvidado. / Aquí te llevamos todos / en mitad del pecho. / (...) / Has crecido y crecido, / eres, / eres eterno, / eres España, / eres tu pueblo, / ya no pueden matarte.”

Acaso conociendo la respuesta, muchos se preguntan ¿hasta dónde podría haber llegado, siendo autodidacta, con su maravillosas facultades para la poesía? Magistral en el dominio de las formas clásicas, supo trasladar a sus creaciones lo máximo de cada tendencia (simbolismo, superrealismo, realismo social, etc.). Miguel es una joya de valor incalculable: “Menos tu vientre, / todo es confuso. / Menos tu vientre, / todo es futuro / fugaz, pasado / baldío, turbio. / (...) / Menos tu vientre / claro y profundo.”

Para aquellos que viven y mueren por la palabra, no hay mejor recompensa que leer sus obras. Hoy, 68 aniversario de su despiadada muerte, eclipsada por el júbilo de su solemne centenario, sientan conmigo la pasión inconfundible de la verdadera poesía: “El odio se amortigua / detrás de la ventana. / Será la garra suave. / Dejadme la esperanza.”


Quiero pedirles que hagan un esfuerzo por asistir a los diferentes actos, sobre todo en nuestra provincia, que rendirán homenaje al insigne poeta: “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes.”

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