15 abr. 2018

Convivir con la herida, por Federico Gallego Ripoll

Alas rotas que arden. José María González Ortega, Revista Manxa (Colección bibliográfica). Grupo Literario Guadiana. Ciudad Real, 2017. 

A veces es lícito escribir con el vacío, con el hueco que tiene como límite los límites del hombre; crea el dolor, por ósmosis, la frontera de un mundo que late y comunica la pérdida constante, la preponderancia de desangrar despacio las vísceras heridas, la conciencia, la memoria, la experiencia de un ir dejando de ser, lo que a su vez, de esa manera, se es cada vez más y con mayor conocimiento y con más libre altura. 

La poesía, que como todo lo hermoso es pura paradoja, sirve también para sanar mientras impide que cicatrice la llaga. José Mª González Ortega (Ciudad Real, 1958) lo ha entendido muy bien, o ha sido entendido muy bien por su propia circunstancia: se trata de convivir con la herida y asumirla como se asume lo inevitable, la propia muerte o, lo que a veces es más difícil y doloroso tras la muerte de los que amamos, la propia vida. 

 Ilustración de Federico Gallego Ripoll

Escribir para los ausentes, nuestros muertos, es hacerlo para la propia conciencia y, desde ella, para la conciencia del mundo que es la de cuantos lo limitamos o destruimos. Preservar su memoria es consolidar nuestra propia estela, el hito que acredita que vamos siendo ese ir siendo, ese ir caminando hacia el lugar más claro de la experiencia, afuera del jardín. Nada entonces ha de pesar. La poesía, que generalmente es patrimonio del aire, liberada de su compromiso con la tierra y el fuego, elementos también de su sustancia, deviene en aire líquido, balsámico, consolador, agua aérea que sana al nutrir el dolor con su lluvia pacífica, con su lento llorar sobre las cosas. 

En Alas rotas que arden, González Ortega deslíe la vehemencia de su poesía vibrante y luminosa, reposando la voz en un gesto calmado que reconoce los perfiles más nítidos del mundo, los más elementales, y lo hace desde el amor sosegado por cuanto es humilde e importante y sostiene la vida permitiendo que el oro, y la cima de los árboles y la nieve, y hasta la impostura de los que aún se creen imprescindibles, brillen desde la espuma de lo efímero. Sosegando su tono, escribiendo con el hueco y la pérdida, establece su poesía en lo ya definitivo porque, ¿quién nos podrá quitar lo que ya hemos perdido? 

La madre ausente, el padre ausente, el buen amor ausente, le otorgan la libertad de no haber de ceñirse a peso alguno, y el verso estilizado baja o sube descinchado, desnudo, sin otra servidumbre que la de su propio ir liberando de lastre la conciencia del hombre que al hacer recuento de sus propios vacíos y sus propios dolores nos enfrenta a los nuestros, pues, ¿en qué casa no habita esta tristeza? 

Los poemas se establecen como sutiles columnas ascendentes conformadas de un material ingrávido, pues se producen desde un no espacio y un no tiempo, ya traspasado y asumido el límite del dolor. ¿Quién podrá sujetar esta palabra del poeta que se alza como una escala de humo blanco, una oración de gratitud o desamparo, un irse peldaño a peldaño constituyendo en consecución de la pérdida, en su afianzamiento, “inútil / es llorar / poeta ruiseñor”, desde la humildad de un canto desasido de cualquier atadura y de cualquier propósito ajeno al largo lamento donde halla consuelo y respuesta: la única respuesta y el único consuelo posibles, los del reflejo de la aflicción de cada lector de esta poesía que de manera tan sabia apela a esa experiencia común del desarraigo que es nuestra sustancia básica. “Padre / manantial / entre mis labios/ apacible silencio camino del olvido.” 

No es preciso apelar a la sonoridad rotunda de ciertas palabras escogidas, ni propiciar una atmósfera de contundentes sonidos, o giros, distorsiones lúcidas del fraseo esperado. Basta aquí con apelar a lo más sencillo del lenguaje, el que pueden compartir sin sobresalto el niño que ha perdido a la madre, el joven que ha perdido a su amor, el hombre vulnerable ya herido de heridas insalvables que ha perdido a su padre, casi su última pérdida posible, más allá de la de sí mismo, que siempre será ganancia. “Verbos / centauros / escorpiones / almas abandonadas / niños desnudos para siempre.” 

Así, González Ortega deja escapar su escritura hacia las nubes desde el crisol pequeño de la orfandad en la que se produce. Y al hacerlo de forma tan sosegada prende a la suya nuestra mirada alzándonos hasta el azul del abandono y la misericordia. 

El hombre huérfano, como el padre, de la madre, se hace padre del padre e hijo del amor que con su pérdida le ha sumido en la mayor de las posibles soledades, la del propio intento de verticalidad en el desconsuelo del paisaje, asunción de un destino y un camino carentes de la música anhelada. “El rumbo tiene poca trascendencia.” 

Si al nombrar, el poeta pone cuerpo y afecto a lo nombrado, si le presta entidad, en Alas rotas que arden lo que toma presencia es el aroma de lo que se ha perdido, el tibio hueco del amor siempre yéndose, no terminando nunca de partir porque son los poemas, bálsamo y conjuro, quienes mantienen detenido ese instante, atado al corazón y a la azotea, “alondra vulnerable”, “niña / del alma”, siempre al borde de alzarnos para siempre -un siempre inabarcable- a un aroma imposible, “rosas / del corazón”. 

José María González Ortega ha venido a aquietarse en la luz de la ausencia. Poeta más de la oralidad que de la edición impresa, su rigor y exigencia han comprometido la justa difusión de sus poemas, que debieran haber aparecido con mayor regularidad y frecuencia. Sus tres títulos previos: La voz de las raíces, Testimonio del ansia, y Hablar con el silencio, son muestra de una poética vehemente y jugosa, de una luminosidad subterránea de connotaciones órficas que favorecen ese aparente desinterés por la edición de sus poemas, más fiados a una difusión hablada que le vincula al origen de la poesía como acción catártica y liberadora que se produce y cristaliza en el momento en que el bardo, el poeta, accede al alma del oyente mediante su voz. La poesía (cuya importancia radica en su posibilidad de acontecer) acontece en tiempo presente cuando José Mª González Ortega dice sus poemas. Sin duda el más puro y maldito de los poetas de su generación, se prodiga poco en títulos nuevos que reúnan y compartan la permeable luz negra de sus poemas, mientras -esa es la paradoja- dedica su tiempo y su esfuerzo en antologar a otros poetas, estudiarlos y difundirlos sin ninguna reserva, incansable y generoso. Es por eso muy de agradecer que la revista Manxa del Grupo Literario Guadiana de Ciudad Real, haya publicado con el nº 35 de su “Colección bibliográfica” este breve poemario tocado por la gracia, articulado en 23 fragmentos que se muestran en el límite del desasimiento, cuando los pasos del hombre se confunden con el vuelo del ángel que se ha cobrado nuestro amor como pieza de caza vulnerable, dejándonos el hueco de la herida. 

A la manera de fumarolas que desvelan la combustión subterránea de un mundo cuya esencia estriba en lo mutable y lo sutil, estos poemas emergen desde la humildad de una publicación anexa a una revista que da voz al grupo poético Guadiana, fundamental en la poesía de Ciudad Real y su entorno, demostrando que también lejos de los grandes núcleos de influencia se puede generar y compartir una excelente poesía. El rigor con que Alas rotas que arden establece un territorio de depuración del lenguaje donde la vehemencia innata de González Ortega se interioriza y contiene, aporta una mayor tensión dramática a una poética que siempre se ha basado en la consideración del poeta como una entidad intelectual que actúa en el envés de la actividad ordinaria de la vida, rozándola por encima y –sobre todo- por debajo, en territorios de exposición perpetua a lo terrible y sobrecogedor, siempre a un centímetro del dejar de ser. En su “Poética” de la antología Detrás de las palabras: Postguerra y Transición en la poesía de Ciudad Real, que él mismo coordinó e introdujo, asume, refiriéndose a la condición de poeta, la cita de Borges de El informe de Brodie, que dice: “Sienten que lo ha tocado el espíritu; nadie hablará con él ni lo mirará, ni siquiera su madre. Ya no es un hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo”. Ahí se evidencia la condición cercana a lo numinoso, inevitable, que otorga al acto poético, siempre transformador de la condición humana del poeta. 

Porque en esta poesía no es tan fundamental lo que se experimenta, sino el cómo se experimenta. De ahí ese malditismo contemporáneo en que José María González Ortega suele guarecer su poesía y su escaso interés por la edición de una obra que, de ser más difundida, estaría entre las de más alta consideración de esta época-dragón de mil cabezas.


Alas rotas que arden se construye sobre lo descarnado de la voz del hombre que se siente expoliado de su condición de sujeto del amor. No hay mayor intemperie que la de quien se encuentra a cobijo de su propio desasimiento. Es el lamento de ese Segismundo connatural que a todos nos vertebra y que se exterioriza en los momentos límite, cuando, afligidos, desearíamos que realmente fuera un sueño la vida. El poeta aquí anhela ascender por la propia escala que sus palabras construyen, hacia otra existencia, quizás ideal, quizás asumida pese a su irrealidad; pero los pies se hallan apresados en la rigidez de una base horizontal, pesada, que lastra y retiene. Así, lo alto del poema puede decir “Preparar / buena tierra” mientras su raíz habla de “latidos que sangran / y permanecen silenciosos”, o retener un “Final / del túnel” mediante una “exclusiva soledad / necesario regreso al corazón”; o “Eva” (en lo alto) y “Siempre / la necesito / como si fuera mía” (en su base). Se podría abundar en otras citas que reforzarían siempre esta ascensión retenida de los poemas, a la manera de las figuras del Greco o de Parmigianino. El peso de la vida. El peso, “como fuerza con que la Tierra atrae un cuerpo”, mientras el espíritu sale y entra de él alertado por el dolor siempre despierto en pos de lo imposible. 

La cruel belleza de lo terrible habita en estos versos que inevitablemente nos habitan, porque ser habitante y habitado forma parte del pacto con el amor que nos da sentido, y con su hueco, que nos sigue sosteniendo cuando creemos que ya nada queda capaz de sostenernos. Estos versos. Desde ellos, José María González Ortega, continúa su marcha (“soñar versos”), y nosotros con él. 

FEDERICO GALLEGO RIPOLL. Palma de Mallorca.

9 ene. 2018

Mientras la noche va a sus escondites

(Antología personal de poemas religiosos, 1957-2017)

“El rezo se resbala de los labios al alma.”
(Valentín Arteaga)



“Mientras la noche va a sus escondites” (Ed. Soubriet. Tomelloso, 2017), Antología personal de poemas religiosos: sentimientos del amigo sacerdote poeta Valentín Arteaga. Antonio Cabrera firma el prólogo y Pedro A. González su epílogo. Se publican 2000 ejemplares y colabora el Ayuntamiento de Campo de Criptana. El 23 de diciembre lo presentaron en Tomelloso.

“Mientras la noche va a sus escondites” atesora 60 años de trayectoria espiritual y poética, dirigida a compartir esperanzas (Dios, María y Jesús). 43 poemas en dos partes: “De los labios al alma” y “Las otras oraciones”. La primera reúne 28 elegidos entre 10 libros: desde “La esperanza del barro” (1957. Premio Ciudad de Palma), hasta “Oficio en mí menor” (2006. Premio “Fernando Rielo” de Poesía Mística). Los 15 de la segunda parte son inéditos y todos plantean relaciones humanas.

Valentín Arteaga Sánchez-Guijaldo (Campo de Criptana, 1936) tenía 2 años al morir su padre, luchando en el bando republicano (batalla de Brunete). Miembro de la Orden Regular de los Clérigos Teatinos. Licenciado en Teología Dogmática. Residió en Mallorca, Menorca, Madrid y Roma. Profesor de Estudios Eclesiásticos (Mallorca), Director de Ejercicios Espirituales (Menorca) y Profesor en la Escuela de Maestría de Mahón. Prepósito Provincial de la Orden de Clérigos Teatinos de España (Madrid) y Prepósito General (Roma).

Autor de 8 libros en prosa y 22 poemarios, tiene valiosos premios: “Fray Luis de León”, “Eladio Cabañero”, “Gerardo Diego”, “Florentino Pérez Embid”, “Jorge Manrique”, “Santa Teresa de Jesús”, “Juan Alcaide”, etc. Está incluido en antologías y traducido al inglés, italiano y alemán. Hijo Predilecto de Campo de Criptana, el 31 de mayo de 2015 (fiesta regional) le nombraron Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha.

La Biblia surge con las buenas lecturas que conforman el amplio bagaje cultural de Valentín Arteaga. Simbolismo e imágenes siguen al Cantar de los cantares y la tradición de la poesía mística española, fundamentalmente San Juan de la Cruz, donde conmueve la música del alma por unirse con Dios: “Artífice de ayer, de mis raíces,/ con tu barro celeste de hace siglos,/ creador de mi hoy, hazme mañana.” (p39)

Confesiones líricas, humilde sufrimiento, devoción en voz baja, siempre compromiso social: “Oh, Dios, nuestro Señor,/ un poquito de luz nos bastaría/ para seguir andando mientras tanto.” (p68)

Poetas de “Cantiga” viajamos junto a Nieves Fernández y Pedro A. González Moreno, para recitar en la Iglesia del Salvador del Mundo (Calzada de Calatrava). Previamente, Valentín Arteaga celebró misa en la Iglesia Parroquial: “Canto el pan mendigado/ cuando mi pueblo es sólo/ una niña de luto en el camino,/ nimbada por el sol que se acumula/ en sus ojos tan huérfanos.” (p32)


2 nov. 2017

Alas rotas que arden, por Pedro A. González Moreno

Sobre el enigmático silencio de algunos poetas, o sobre las razones que les llevan a dosificar mucho sus publicaciones, he reflexionado ya en numerosas ocasiones, y la primera de ellas fue, hace 20 años, precisamente en el prólogo de “Testimonio del ansia”, primer libro en solitario del poeta José Mª González Ortega. Y más recientemente, en “La musa a la deriva”, refiriéndome a ese diabólico triángulo de la literatura que es el ser, el estar y el perdurar, he dejado escrito lo siguiente: “escribir mucho o escribir poco, a la larga no importa demasiado. El fino cedazo del tiempo acaba imponiendo siempre la pauta de sus mallas caprichosas. El misterio por el que un autor o una obra se hacen perdurables no es, obviamente, una cuestión de cantidad, sino de calidad…” 


Uno de estos casos extremos es el de J. Mª González, que tras la edición en volumen colectivo de “La voz de la raíces” (1979) publicó su primer libro en solitario (el citado “Testimonio del ansia”) en 1998, y tuvieron que transcurrir once años más hasta que se decidiera a publicar el que era, hasta la fecha, su segundo y último poemario, “Hablar con el silencio”. Su actividad literaria, sin embargo, se ha manifestado también en la crítica, que ejerce asiduamente en el diario Lanza, y asimismo ha desarrollado una notable labor como antólogo, de la que dan fe las antologías “Ciudad Real: poesía última” (1984) y “Detrás de las palabras. Posguerra y Transición en la poesía de C. Real” (2009).

A esa breve producción editorial viene a sumársele ahora el título “Alas rotas que arden”, publicado con el nº 35 en la colección bibliográfica “Manxa” del Grupo Literario Guadiana. Un volumen que recoge 23 poemas que, ya desde la doble dedicatoria inicial, focalizan su tema y su sentido en el dolor de las pérdidas y en el ámbito de la elegía. Poemas que, fieles a la estética reconcentrada de su autor, aparecen escritos con “palabras que giran sobre la muerte” y con los que se pretende, de algún modo, restañar heridas, suturar recuerdos rotos, o expresado en sus propias palabras, “recomponer alas rotas del alma”.
En esos mismos términos metafóricos (“alas rotas que arden”) es como aparece definida la palabra poética en el verso final del último poema, que a su vez da título al libro. Porque para José Mª González Ortega los versos se convierten en una presencia votiva y ardiente, símbolo de la pervivencia en la memoria. Símbolo también, el de las alas rotas, de la perdida libertad, como se asegura en el poema 18.
Con un lenguaje sintético y un discurso contracto que tiende a prescindir de nexos y de signos de puntuación, en estas composiciones los versos adquieren también una disposición silábicamente expansiva, de manera que los poemas se configuran formal y visualmente en bloques estróficos que semejan pirámides truncadas. Es como si con ello el poeta hubiera pretendido simbolizar, materialmente, los tres vértices temáticos sobre los que se sustenta su edificio poético: el amor, la muerte y el poder redentor de la palabra poética. 


Un conjunto de poemas, “conectados al dolor y la sombra”, y escritos desde la desnudez del alma y desde la pasión encendida del sentimiento. Centrados los de la primera parte en la figura del padre muerto, y los de la segunda en Eva, su fiel compañera; ambas figuras, nostálgicamente evocadas, se convierten en dos presencias que resultan aún vivas y protectoras para el poeta. Y es que, una vez más, aunque las alas se hayan roto en pleno vuelo, las palabras se convierten en una manera de luchar contra el olvido y en un modo de iluminar la sombra y las cenizas.

Pedro A. González Moreno

Leer en Lanza

18 oct. 2017

El corazón de los grandes poetas

“¿Qué importa un verso a nadie
si ese nadie no besa la palabra?”
(Nicolás del Hierro)

Recuerdo siempre la voz amiga de Nicolás del Hierro (Piedrabuena, 1934-Madrid, 2017). Soy testigo de superar vientos y generar esperanzas: “...repartido, dividido,/ transformado, entregado… sólo,/ sólo/ y/ únicamente/ por/ amor.”

Desde la difícil posguerra, Nicolás vive la transición democrática y comparte silencios, utopías, fervor, ardiente soledad: “Porque es del interior,/ del alma,/ donde brotan,/ le brotan/ al poeta los sones y su música.”


La poesía de Nicolás del Hierro permite comprender nuestra relación esencial con el mundo. Sus mensajes ayudan a reflexionar: “Un resplandor/ anunciaba distintas claridades/ cuando inició la alondra el primer vuelo/.../ y andábamos, estábamos perdidos/ al borde casi de la misma luz.”

Nicolás escribe sobre la vida: luces, sombras, furias, olvidos. Pasión sensorial y cognitiva define su trayectoria: “Ebria de luz y formas,/ la retina/ vive la sensación y la memoria/ evoca la nostalgia del planeta./ Las fibras sensoriales, en su pálpito,/ estremecen al hombre.”

Sentir el corazón de los grandes poetas. Necesitamos cultura donde florecen valores inmortales. Vale la pena comprobar experiencias profundas reveladas por sencillos versos: “De la cal y las piedras, de la vida,/ aprendí las palabras,/ las cultivé en los vínculos/ de los libros más libres,/ en los labios más ásperos/ y los más amorosos a la vez.”

Nicolás del Hierro selecciona bien cada metáfora: “Casi con ansia espero/ la luz,/ para crearte.” Tiene don para conseguir especiales poemas, tinta color del alma: “Debía no sufrir, sentirme lleno/ de un alba presentida, enamorado,/ lanzarme a las alondras de mi vuelo,/ escribir y soñar...”

Lazarillo de palabras inocentes, pájaros libres cuando sueña: “Recuerdo muchas cosas.../ los hombres no recuerdan;/ parece que han perdido la memoria./ Pero yo soy/ un pozo/ de recuerdos,/ un lago de recuerdos,/ un río/ de recuerdos/ donde podéis/ beber/ los apenados.”

Testimonios que piden latidos verdaderos entre los seres y las cosas: “El agua,/ el agua es lo que importa./ Una tormenta fuerte, grande,/ que se llevara este sabor a polvo,/ esta tribulación que sale,/ sin merecerlo, a veces, por la boca./ El agua…/ ¡Si lloviera/ podríamos sembrar algo de amor!”


Nicolás del Hierro, uno de los poetas más reconocidos en Castilla-La Mancha, cuyas obras cruzan lejanos países, vio nacer otro hijo llamado Nota quisiera ser de cuanto sueño (Ed. Lastura. Toledo, 2017), pero no pudo llegar a presentarlo: “Esperaré seguro, silencioso/ en el ir y venir de este mutismo,/ hasta que haya una luz en cada frente;/ hasta que, todo a punto, presuroso,/ escape del vacío de mí mismo/ para vivir mi sueño eternamente.”

4 oct. 2017

La poesía de José María González Ortega, por Pilar Serrano de Menchén


Si seguimos la poesía actual de nuestra Provincia es preciso ir haciendo escalas para abrir las alas (valga el pareado) y recibir con solemnidad al poeta José María González Ortega; componente del Grupo Literario Guadiana y autor del monográfico último que dicho Grupo, por medio del docto Consejo de Redacción de Guadiana, inaugura con gran puntualidad. Monográficos que están dedicados a los que suman su buen hacer en tan importante y veterano colectivo; dirigido ahora por Eugenio Arce.

Pero hablemos del último número, dedicado al ciudarreleño de corazón y devoción  que nos ocupa, titulado: “Alas rotas que arden”. Alas que arden, como la zarza de la biblia, sin consumirse; pues en este libro hallamos a un poeta curtido en la vida y en la poesía. Poeta de superación cierta; y a pesar que inaugura el libro con versos que alientan lo triste “Abre/ tus alas tristes/ poeta ruiseñor/. Ven/ a soñar/ y defender la vida”, no desgasta el uso de la luz en su esperanza. 
 
Universo y conceptos reunidos para la reflexión y deseo de un mundo mejor. Por ello digamos que su periplo nos lleva por anchos caminos donde la palabra se autentifica y se clarifica para ser entregada; buscada con la verdad de la filosofía oriental. 

Poemario escrito con haiku (jaiku en español para algunos tratadistas). Forma versal que dicen tuvo su primer encuentro con la poesía desde la filosofía zen.
 
Muy amorosamente ha sido tratada tan delicada composición por González Ortega. Pero no nos extraña su convicción y su participación en una poesía tan llena de registros: lo material e inmaterial, la naturaleza y los sentimientos; la percepción del fondo de las cosas apegada a la sensibilidad…; máxime, si revisando su biografía, vamos encontrándonos con una búsqueda constante de lo bello a través de diversas manifestaciones artísticas.


Hagamos memoria. José María González Ortega, ya en 1977, funda los grupos “Cálamo” y “Endovélico”; posteriormente pertenecería a otros, así como a diversos colectivos teatrales y culturales; colaborador y creador de espacios en radio y televisión, suma a su trayectoria un ámbito donde las huellas van dejando su nombre. Altos vuelos que permitieron la publicación en 1979 “La voz de las raíces”, recogido en el volumen “Hacia la luz”; “Testimonio del ansia” y “Hablar con el silencio”.  Desde esas fechas una bien nutrida biografía ha ido sumando en positivo su trayectoria con libros importantes. Entre otros, es preciso destacar la antología por él preparada (1983) y titulada: “Ciudad Real: Poesía Última”; libro prologado por el gran Valentín Arteaga, y nutrido con las excelentes voces de dieciséis poetas nuestros. Más tarde llegarían otras entregas, destaquemos uno de los últimos (2009): “Detrás de las palabras: Posguerra y Transición en la poesía de Ciudad Real”. 
 
En esa línea de superación, en dicho caminar, vamos encontrando hitos y búsquedas, victorias del poeta, con otras entregas que incluyen emociones y tiempo vivido y convivido con la poesía: recitales, homenajes, centenarios, jornadas poéticas…; y de trasfondo la vida: mochila donde la palabra acompaña y acompasa, ayuda a superar dificultades.
 
Un trabajo continuado que lo ha llevado a la reflexión de lo humano en la vértebra de sus registros; y a querer entender la clave de la presencia del misterio poético a través de ese cúmulo de perfección a la que aspiran los versos orientales. “Cantar/ besar otros labios/ alimentar palabras mensajeras”. Pongamos otros ejemplos: “Preparar/ buena tierra/ sembrar urgentes/ poemas insumisos”. “Labios/ verdaderos/ latidos que sangran/ y permanecen silenciosos/”. Asombro y emoción para que el concepto y el precepto conjugue en la poesía.
 
Intercalaciones de la naturaleza, que no debe ser excusa para componer el ramillete que forma la existencia: tan complejo y estremecedor.  En este cuadro múltiple, espacio donde nos vamos haciendo, sin quizá pensarlo, o muy pensado, José Mª González Ortega ha utilizado para sus versos “la luz no usada”; que dijera fray Luis de León.  
 
Trasminada su voz a través de un lenguaje sencillo y universal, en este librito que decimos, apoya sus conceptos en el mensaje intemporal que tiene la buena poesía. “Busca/ con libertad/ el corazón del ángel”.
 
Esencia de vida y expresión personal: la poesía como encuentro y comunicación; y, como toque de atención para un mundo individualizado, seco y hostil. Mensaje por medio de concepto sutiles. Poesía transparente y sensorial, necesaria y justa, con la que se mide la temperatura del corazón. “Dioses/ invisibles/ alas estremecidas/ protegen tu cosecha”.
 
Nuestra sincera enhorabuena a este ramillete de esperanza.