14 nov 2021

Detrás de cada piedra

 VIII Centenario del Rey Alfonso X el Sabio
(Toledo, 23 de noviembre de 1221 - Sevilla, 4 de abril de 1284)

“Miré los muros de la patria mía;
si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”

(Francisco de Quevedo)


Ilumina el silencio de la tarde manchega
la voz del rey cristiano con sus sabias palabras:

“Caballeros, pastores, amigos aldeanos,
vengo para deciros que no podrá la muerte
derribar las murallas en vuestra nueva tierra.

Los valientes guerreros nunca dan por perdidas
las batallas… Heridos regresan al desierto
corceles invencibles de Yacub Al-Mansur.

Será Pozuelo Seco más célebre que Alarcos,
cruce de los caminos y mezcla de culturas:
«Villa Real» eterna, tranquila, generosa.

Siguiendo este trazado (una elipse perfecta)
levantaréis los muros, con ciento treinta torres
y siete grandes puertas a las que llamaréis,
Toledo, Calatrava, La Mata (y su Alcázar),
Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María.
Protegerán las calles de vientos y demonios.

El corazón de un hombre detrás de cada piedra,
estará abierto a todos los que lleguen con verdad.
Sembrar sus verdes campos de sueños y esperanzas.

A la Virgen del Prado rogarle por mi alma.
Dios os bendiga siempre. Su voluntad se cumple.
Alfonso X, Rey de Castilla, León y demás reinos.”

Hijo de san Fernando y Beatriz de Suabia,
Alfonso X el Sabio no murió, se hizo aire:
solamente cenizas reposan en Sevilla.

El fulgor cada noche resurge de las sombras
y camina desnudo por los tristes portales
de la plaza, y le llevan sus pasos invisibles
donde murió el Infante, y deja en el Alcázar
la mitad de su alma, y se aleja volando
hacia la última puerta, la que mira a Toledo…

Enloquecido hidalgo, quiso cambiar el mundo,
descubrir las palabras, llegar a las estrellas.

Presidía las “justas” del barrio de Larache:
“¡Subir a las murallas y conquistar los cielos…!”

Éramos niños (moros-cristianos) con espadas,
escudos, lanzas, arcos y flechas de madera.

Memoria de la vida. Ni el tiempo ni el olvido.
No conoce fronteras la luz interminable.

 

José-María González Ortega
Del libro “Piedra y Voz”
(Castillos y Poetas de Castilla-La Mancha)
Piedrabuena, 2018



IMAGENES

Arco del Torreón del Alcázar rtve.es
Carta Puebla y Puerta de Toledo ciudad-real.es
Estatua de Alfonso X El Sabio - J. Jurado lanzadigital.com

8 nov 2020

15 abr 2018

Convivir con la herida, por Federico Gallego Ripoll

Alas rotas que arden. José María González Ortega, Revista Manxa (Colección bibliográfica). Grupo Literario Guadiana. Ciudad Real, 2017. 

A veces es lícito escribir con el vacío, con el hueco que tiene como límite los límites del hombre; crea el dolor, por ósmosis, la frontera de un mundo que late y comunica la pérdida constante, la preponderancia de desangrar despacio las vísceras heridas, la conciencia, la memoria, la experiencia de un ir dejando de ser, lo que a su vez, de esa manera, se es cada vez más y con mayor conocimiento y con más libre altura. 

La poesía, que como todo lo hermoso es pura paradoja, sirve también para sanar mientras impide que cicatrice la llaga. José Mª González Ortega (Ciudad Real, 1958) lo ha entendido muy bien, o ha sido entendido muy bien por su propia circunstancia: se trata de convivir con la herida y asumirla como se asume lo inevitable, la propia muerte o, lo que a veces es más difícil y doloroso tras la muerte de los que amamos, la propia vida. 

 Ilustración de Federico Gallego Ripoll

Escribir para los ausentes, nuestros muertos, es hacerlo para la propia conciencia y, desde ella, para la conciencia del mundo que es la de cuantos lo limitamos o destruimos. Preservar su memoria es consolidar nuestra propia estela, el hito que acredita que vamos siendo ese ir siendo, ese ir caminando hacia el lugar más claro de la experiencia, afuera del jardín. Nada entonces ha de pesar. La poesía, que generalmente es patrimonio del aire, liberada de su compromiso con la tierra y el fuego, elementos también de su sustancia, deviene en aire líquido, balsámico, consolador, agua aérea que sana al nutrir el dolor con su lluvia pacífica, con su lento llorar sobre las cosas. 

En Alas rotas que arden, González Ortega deslíe la vehemencia de su poesía vibrante y luminosa, reposando la voz en un gesto calmado que reconoce los perfiles más nítidos del mundo, los más elementales, y lo hace desde el amor sosegado por cuanto es humilde e importante y sostiene la vida permitiendo que el oro, y la cima de los árboles y la nieve, y hasta la impostura de los que aún se creen imprescindibles, brillen desde la espuma de lo efímero. Sosegando su tono, escribiendo con el hueco y la pérdida, establece su poesía en lo ya definitivo porque, ¿quién nos podrá quitar lo que ya hemos perdido? 

La madre ausente, el padre ausente, el buen amor ausente, le otorgan la libertad de no haber de ceñirse a peso alguno, y el verso estilizado baja o sube descinchado, desnudo, sin otra servidumbre que la de su propio ir liberando de lastre la conciencia del hombre que al hacer recuento de sus propios vacíos y sus propios dolores nos enfrenta a los nuestros, pues, ¿en qué casa no habita esta tristeza? 

Los poemas se establecen como sutiles columnas ascendentes conformadas de un material ingrávido, pues se producen desde un no espacio y un no tiempo, ya traspasado y asumido el límite del dolor. ¿Quién podrá sujetar esta palabra del poeta que se alza como una escala de humo blanco, una oración de gratitud o desamparo, un irse peldaño a peldaño constituyendo en consecución de la pérdida, en su afianzamiento, “inútil / es llorar / poeta ruiseñor”, desde la humildad de un canto desasido de cualquier atadura y de cualquier propósito ajeno al largo lamento donde halla consuelo y respuesta: la única respuesta y el único consuelo posibles, los del reflejo de la aflicción de cada lector de esta poesía que de manera tan sabia apela a esa experiencia común del desarraigo que es nuestra sustancia básica. “Padre / manantial / entre mis labios/ apacible silencio camino del olvido.” 

No es preciso apelar a la sonoridad rotunda de ciertas palabras escogidas, ni propiciar una atmósfera de contundentes sonidos, o giros, distorsiones lúcidas del fraseo esperado. Basta aquí con apelar a lo más sencillo del lenguaje, el que pueden compartir sin sobresalto el niño que ha perdido a la madre, el joven que ha perdido a su amor, el hombre vulnerable ya herido de heridas insalvables que ha perdido a su padre, casi su última pérdida posible, más allá de la de sí mismo, que siempre será ganancia. “Verbos / centauros / escorpiones / almas abandonadas / niños desnudos para siempre.” 

Así, González Ortega deja escapar su escritura hacia las nubes desde el crisol pequeño de la orfandad en la que se produce. Y al hacerlo de forma tan sosegada prende a la suya nuestra mirada alzándonos hasta el azul del abandono y la misericordia. 

El hombre huérfano, como el padre, de la madre, se hace padre del padre e hijo del amor que con su pérdida le ha sumido en la mayor de las posibles soledades, la del propio intento de verticalidad en el desconsuelo del paisaje, asunción de un destino y un camino carentes de la música anhelada. “El rumbo tiene poca trascendencia.” 

Si al nombrar, el poeta pone cuerpo y afecto a lo nombrado, si le presta entidad, en Alas rotas que arden lo que toma presencia es el aroma de lo que se ha perdido, el tibio hueco del amor siempre yéndose, no terminando nunca de partir porque son los poemas, bálsamo y conjuro, quienes mantienen detenido ese instante, atado al corazón y a la azotea, “alondra vulnerable”, “niña / del alma”, siempre al borde de alzarnos para siempre -un siempre inabarcable- a un aroma imposible, “rosas / del corazón”. 

José María González Ortega ha venido a aquietarse en la luz de la ausencia. Poeta más de la oralidad que de la edición impresa, su rigor y exigencia han comprometido la justa difusión de sus poemas, que debieran haber aparecido con mayor regularidad y frecuencia. Sus tres títulos previos: La voz de las raíces, Testimonio del ansia, y Hablar con el silencio, son muestra de una poética vehemente y jugosa, de una luminosidad subterránea de connotaciones órficas que favorecen ese aparente desinterés por la edición de sus poemas, más fiados a una difusión hablada que le vincula al origen de la poesía como acción catártica y liberadora que se produce y cristaliza en el momento en que el bardo, el poeta, accede al alma del oyente mediante su voz. La poesía (cuya importancia radica en su posibilidad de acontecer) acontece en tiempo presente cuando José Mª González Ortega dice sus poemas. Sin duda el más puro y maldito de los poetas de su generación, se prodiga poco en títulos nuevos que reúnan y compartan la permeable luz negra de sus poemas, mientras -esa es la paradoja- dedica su tiempo y su esfuerzo en antologar a otros poetas, estudiarlos y difundirlos sin ninguna reserva, incansable y generoso. Es por eso muy de agradecer que la revista Manxa del Grupo Literario Guadiana de Ciudad Real, haya publicado con el nº 35 de su “Colección bibliográfica” este breve poemario tocado por la gracia, articulado en 23 fragmentos que se muestran en el límite del desasimiento, cuando los pasos del hombre se confunden con el vuelo del ángel que se ha cobrado nuestro amor como pieza de caza vulnerable, dejándonos el hueco de la herida. 

A la manera de fumarolas que desvelan la combustión subterránea de un mundo cuya esencia estriba en lo mutable y lo sutil, estos poemas emergen desde la humildad de una publicación anexa a una revista que da voz al grupo poético Guadiana, fundamental en la poesía de Ciudad Real y su entorno, demostrando que también lejos de los grandes núcleos de influencia se puede generar y compartir una excelente poesía. El rigor con que Alas rotas que arden establece un territorio de depuración del lenguaje donde la vehemencia innata de González Ortega se interioriza y contiene, aporta una mayor tensión dramática a una poética que siempre se ha basado en la consideración del poeta como una entidad intelectual que actúa en el envés de la actividad ordinaria de la vida, rozándola por encima y –sobre todo- por debajo, en territorios de exposición perpetua a lo terrible y sobrecogedor, siempre a un centímetro del dejar de ser. En su “Poética” de la antología Detrás de las palabras: Postguerra y Transición en la poesía de Ciudad Real, que él mismo coordinó e introdujo, asume, refiriéndose a la condición de poeta, la cita de Borges de El informe de Brodie, que dice: “Sienten que lo ha tocado el espíritu; nadie hablará con él ni lo mirará, ni siquiera su madre. Ya no es un hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo”. Ahí se evidencia la condición cercana a lo numinoso, inevitable, que otorga al acto poético, siempre transformador de la condición humana del poeta. 

Porque en esta poesía no es tan fundamental lo que se experimenta, sino el cómo se experimenta. De ahí ese malditismo contemporáneo en que José María González Ortega suele guarecer su poesía y su escaso interés por la edición de una obra que, de ser más difundida, estaría entre las de más alta consideración de esta época-dragón de mil cabezas.


Alas rotas que arden se construye sobre lo descarnado de la voz del hombre que se siente expoliado de su condición de sujeto del amor. No hay mayor intemperie que la de quien se encuentra a cobijo de su propio desasimiento. Es el lamento de ese Segismundo connatural que a todos nos vertebra y que se exterioriza en los momentos límite, cuando, afligidos, desearíamos que realmente fuera un sueño la vida. El poeta aquí anhela ascender por la propia escala que sus palabras construyen, hacia otra existencia, quizás ideal, quizás asumida pese a su irrealidad; pero los pies se hallan apresados en la rigidez de una base horizontal, pesada, que lastra y retiene. Así, lo alto del poema puede decir “Preparar / buena tierra” mientras su raíz habla de “latidos que sangran / y permanecen silenciosos”, o retener un “Final / del túnel” mediante una “exclusiva soledad / necesario regreso al corazón”; o “Eva” (en lo alto) y “Siempre / la necesito / como si fuera mía” (en su base). Se podría abundar en otras citas que reforzarían siempre esta ascensión retenida de los poemas, a la manera de las figuras del Greco o de Parmigianino. El peso de la vida. El peso, “como fuerza con que la Tierra atrae un cuerpo”, mientras el espíritu sale y entra de él alertado por el dolor siempre despierto en pos de lo imposible. 

La cruel belleza de lo terrible habita en estos versos que inevitablemente nos habitan, porque ser habitante y habitado forma parte del pacto con el amor que nos da sentido, y con su hueco, que nos sigue sosteniendo cuando creemos que ya nada queda capaz de sostenernos. Estos versos. Desde ellos, José María González Ortega, continúa su marcha (“soñar versos”), y nosotros con él. 

FEDERICO GALLEGO RIPOLL. Palma de Mallorca.

9 ene 2018

Mientras la noche va a sus escondites

(Antología personal de poemas religiosos, 1957-2017)

“El rezo se resbala de los labios al alma.”
(Valentín Arteaga)



“Mientras la noche va a sus escondites” (Ed. Soubriet. Tomelloso, 2017), Antología personal de poemas religiosos: sentimientos del amigo sacerdote poeta Valentín Arteaga. Antonio Cabrera firma el prólogo y Pedro A. González su epílogo. Se publican 2000 ejemplares y colabora el Ayuntamiento de Campo de Criptana. El 23 de diciembre lo presentaron en Tomelloso.

“Mientras la noche va a sus escondites” atesora 60 años de trayectoria espiritual y poética, dirigida a compartir esperanzas (Dios, María y Jesús). 43 poemas en dos partes: “De los labios al alma” y “Las otras oraciones”. La primera reúne 28 elegidos entre 10 libros: desde “La esperanza del barro” (1957. Premio Ciudad de Palma), hasta “Oficio en mí menor” (2006. Premio “Fernando Rielo” de Poesía Mística). Los 15 de la segunda parte son inéditos y todos plantean relaciones humanas.

Valentín Arteaga Sánchez-Guijaldo (Campo de Criptana, 1936) tenía 2 años al morir su padre, luchando en el bando republicano (batalla de Brunete). Miembro de la Orden Regular de los Clérigos Teatinos. Licenciado en Teología Dogmática. Residió en Mallorca, Menorca, Madrid y Roma. Profesor de Estudios Eclesiásticos (Mallorca), Director de Ejercicios Espirituales (Menorca) y Profesor en la Escuela de Maestría de Mahón. Prepósito Provincial de la Orden de Clérigos Teatinos de España (Madrid) y Prepósito General (Roma).

Autor de 8 libros en prosa y 22 poemarios, tiene valiosos premios: “Fray Luis de León”, “Eladio Cabañero”, “Gerardo Diego”, “Florentino Pérez Embid”, “Jorge Manrique”, “Santa Teresa de Jesús”, “Juan Alcaide”, etc. Está incluido en antologías y traducido al inglés, italiano y alemán. Hijo Predilecto de Campo de Criptana, el 31 de mayo de 2015 (fiesta regional) le nombraron Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha.

La Biblia surge con las buenas lecturas que conforman el amplio bagaje cultural de Valentín Arteaga. Simbolismo e imágenes siguen al Cantar de los cantares y la tradición de la poesía mística española, fundamentalmente San Juan de la Cruz, donde conmueve la música del alma por unirse con Dios: “Artífice de ayer, de mis raíces,/ con tu barro celeste de hace siglos,/ creador de mi hoy, hazme mañana.” (p39)

Confesiones líricas, humilde sufrimiento, devoción en voz baja, siempre compromiso social: “Oh, Dios, nuestro Señor,/ un poquito de luz nos bastaría/ para seguir andando mientras tanto.” (p68)

Poetas de “Cantiga” viajamos junto a Nieves Fernández y Pedro A. González Moreno, para recitar en la Iglesia del Salvador del Mundo (Calzada de Calatrava). Previamente, Valentín Arteaga celebró misa en la Iglesia Parroquial: “Canto el pan mendigado/ cuando mi pueblo es sólo/ una niña de luto en el camino,/ nimbada por el sol que se acumula/ en sus ojos tan huérfanos.” (p32)


2 nov 2017

Alas rotas que arden, por Pedro A. González Moreno

Sobre el enigmático silencio de algunos poetas, o sobre las razones que les llevan a dosificar mucho sus publicaciones, he reflexionado ya en numerosas ocasiones, y la primera de ellas fue, hace 20 años, precisamente en el prólogo de “Testimonio del ansia”, primer libro en solitario del poeta José Mª González Ortega. Y más recientemente, en “La musa a la deriva”, refiriéndome a ese diabólico triángulo de la literatura que es el ser, el estar y el perdurar, he dejado escrito lo siguiente: “escribir mucho o escribir poco, a la larga no importa demasiado. El fino cedazo del tiempo acaba imponiendo siempre la pauta de sus mallas caprichosas. El misterio por el que un autor o una obra se hacen perdurables no es, obviamente, una cuestión de cantidad, sino de calidad…” 


Uno de estos casos extremos es el de J. Mª González, que tras la edición en volumen colectivo de “La voz de la raíces” (1979) publicó su primer libro en solitario (el citado “Testimonio del ansia”) en 1998, y tuvieron que transcurrir once años más hasta que se decidiera a publicar el que era, hasta la fecha, su segundo y último poemario, “Hablar con el silencio”. Su actividad literaria, sin embargo, se ha manifestado también en la crítica, que ejerce asiduamente en el diario Lanza, y asimismo ha desarrollado una notable labor como antólogo, de la que dan fe las antologías “Ciudad Real: poesía última” (1984) y “Detrás de las palabras. Posguerra y Transición en la poesía de C. Real” (2009).

A esa breve producción editorial viene a sumársele ahora el título “Alas rotas que arden”, publicado con el nº 35 en la colección bibliográfica “Manxa” del Grupo Literario Guadiana. Un volumen que recoge 23 poemas que, ya desde la doble dedicatoria inicial, focalizan su tema y su sentido en el dolor de las pérdidas y en el ámbito de la elegía. Poemas que, fieles a la estética reconcentrada de su autor, aparecen escritos con “palabras que giran sobre la muerte” y con los que se pretende, de algún modo, restañar heridas, suturar recuerdos rotos, o expresado en sus propias palabras, “recomponer alas rotas del alma”.
En esos mismos términos metafóricos (“alas rotas que arden”) es como aparece definida la palabra poética en el verso final del último poema, que a su vez da título al libro. Porque para José Mª González Ortega los versos se convierten en una presencia votiva y ardiente, símbolo de la pervivencia en la memoria. Símbolo también, el de las alas rotas, de la perdida libertad, como se asegura en el poema 18.
Con un lenguaje sintético y un discurso contracto que tiende a prescindir de nexos y de signos de puntuación, en estas composiciones los versos adquieren también una disposición silábicamente expansiva, de manera que los poemas se configuran formal y visualmente en bloques estróficos que semejan pirámides truncadas. Es como si con ello el poeta hubiera pretendido simbolizar, materialmente, los tres vértices temáticos sobre los que se sustenta su edificio poético: el amor, la muerte y el poder redentor de la palabra poética. 


Un conjunto de poemas, “conectados al dolor y la sombra”, y escritos desde la desnudez del alma y desde la pasión encendida del sentimiento. Centrados los de la primera parte en la figura del padre muerto, y los de la segunda en Eva, su fiel compañera; ambas figuras, nostálgicamente evocadas, se convierten en dos presencias que resultan aún vivas y protectoras para el poeta. Y es que, una vez más, aunque las alas se hayan roto en pleno vuelo, las palabras se convierten en una manera de luchar contra el olvido y en un modo de iluminar la sombra y las cenizas.

Pedro A. González Moreno

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