2 nov. 2017

Alas rotas que arden, por Pedro A. González Moreno

Sobre el enigmático silencio de algunos poetas, o sobre las razones que les llevan a dosificar mucho sus publicaciones, he reflexionado ya en numerosas ocasiones, y la primera de ellas fue, hace 20 años, precisamente en el prólogo de “Testimonio del ansia”, primer libro en solitario del poeta José Mª González Ortega. Y más recientemente, en “La musa a la deriva”, refiriéndome a ese diabólico triángulo de la literatura que es el ser, el estar y el perdurar, he dejado escrito lo siguiente: “escribir mucho o escribir poco, a la larga no importa demasiado. El fino cedazo del tiempo acaba imponiendo siempre la pauta de sus mallas caprichosas. El misterio por el que un autor o una obra se hacen perdurables no es, obviamente, una cuestión de cantidad, sino de calidad…” 


Uno de estos casos extremos es el de J. Mª González, que tras la edición en volumen colectivo de “La voz de la raíces” (1979) publicó su primer libro en solitario (el citado “Testimonio del ansia”) en 1998, y tuvieron que transcurrir once años más hasta que se decidiera a publicar el que era, hasta la fecha, su segundo y último poemario, “Hablar con el silencio”. Su actividad literaria, sin embargo, se ha manifestado también en la crítica, que ejerce asiduamente en el diario Lanza, y asimismo ha desarrollado una notable labor como antólogo, de la que dan fe las antologías “Ciudad Real: poesía última” (1984) y “Detrás de las palabras. Posguerra y Transición en la poesía de C. Real” (2009).

A esa breve producción editorial viene a sumársele ahora el título “Alas rotas que arden”, publicado con el nº 35 en la colección bibliográfica “Manxa” del Grupo Literario Guadiana. Un volumen que recoge 23 poemas que, ya desde la doble dedicatoria inicial, focalizan su tema y su sentido en el dolor de las pérdidas y en el ámbito de la elegía. Poemas que, fieles a la estética reconcentrada de su autor, aparecen escritos con “palabras que giran sobre la muerte” y con los que se pretende, de algún modo, restañar heridas, suturar recuerdos rotos, o expresado en sus propias palabras, “recomponer alas rotas del alma”.
En esos mismos términos metafóricos (“alas rotas que arden”) es como aparece definida la palabra poética en el verso final del último poema, que a su vez da título al libro. Porque para José Mª González Ortega los versos se convierten en una presencia votiva y ardiente, símbolo de la pervivencia en la memoria. Símbolo también, el de las alas rotas, de la perdida libertad, como se asegura en el poema 18.
Con un lenguaje sintético y un discurso contracto que tiende a prescindir de nexos y de signos de puntuación, en estas composiciones los versos adquieren también una disposición silábicamente expansiva, de manera que los poemas se configuran formal y visualmente en bloques estróficos que semejan pirámides truncadas. Es como si con ello el poeta hubiera pretendido simbolizar, materialmente, los tres vértices temáticos sobre los que se sustenta su edificio poético: el amor, la muerte y el poder redentor de la palabra poética. 


Un conjunto de poemas, “conectados al dolor y la sombra”, y escritos desde la desnudez del alma y desde la pasión encendida del sentimiento. Centrados los de la primera parte en la figura del padre muerto, y los de la segunda en Eva, su fiel compañera; ambas figuras, nostálgicamente evocadas, se convierten en dos presencias que resultan aún vivas y protectoras para el poeta. Y es que, una vez más, aunque las alas se hayan roto en pleno vuelo, las palabras se convierten en una manera de luchar contra el olvido y en un modo de iluminar la sombra y las cenizas.

Pedro A. González Moreno

Leer en Lanza

18 oct. 2017

El corazón de los grandes poetas

“¿Qué importa un verso a nadie
si ese nadie no besa la palabra?”
(Nicolás del Hierro)

Recuerdo siempre la voz amiga de Nicolás del Hierro (Piedrabuena, 1934-Madrid, 2017). Soy testigo de superar vientos y generar esperanzas: “...repartido, dividido,/ transformado, entregado… sólo,/ sólo/ y/ únicamente/ por/ amor.”

Desde la difícil posguerra, Nicolás vive la transición democrática y comparte silencios, utopías, fervor, ardiente soledad: “Porque es del interior,/ del alma,/ donde brotan,/ le brotan/ al poeta los sones y su música.”


La poesía de Nicolás del Hierro permite comprender nuestra relación esencial con el mundo. Sus mensajes ayudan a reflexionar: “Un resplandor/ anunciaba distintas claridades/ cuando inició la alondra el primer vuelo/.../ y andábamos, estábamos perdidos/ al borde casi de la misma luz.”

Nicolás escribe sobre la vida: luces, sombras, furias, olvidos. Pasión sensorial y cognitiva define su trayectoria: “Ebria de luz y formas,/ la retina/ vive la sensación y la memoria/ evoca la nostalgia del planeta./ Las fibras sensoriales, en su pálpito,/ estremecen al hombre.”

Sentir el corazón de los grandes poetas. Necesitamos cultura donde florecen valores inmortales. Vale la pena comprobar experiencias profundas reveladas por sencillos versos: “De la cal y las piedras, de la vida,/ aprendí las palabras,/ las cultivé en los vínculos/ de los libros más libres,/ en los labios más ásperos/ y los más amorosos a la vez.”

Nicolás del Hierro selecciona bien cada metáfora: “Casi con ansia espero/ la luz,/ para crearte.” Tiene don para conseguir especiales poemas, tinta color del alma: “Debía no sufrir, sentirme lleno/ de un alba presentida, enamorado,/ lanzarme a las alondras de mi vuelo,/ escribir y soñar...”

Lazarillo de palabras inocentes, pájaros libres cuando sueña: “Recuerdo muchas cosas.../ los hombres no recuerdan;/ parece que han perdido la memoria./ Pero yo soy/ un pozo/ de recuerdos,/ un lago de recuerdos,/ un río/ de recuerdos/ donde podéis/ beber/ los apenados.”

Testimonios que piden latidos verdaderos entre los seres y las cosas: “El agua,/ el agua es lo que importa./ Una tormenta fuerte, grande,/ que se llevara este sabor a polvo,/ esta tribulación que sale,/ sin merecerlo, a veces, por la boca./ El agua…/ ¡Si lloviera/ podríamos sembrar algo de amor!”


Nicolás del Hierro, uno de los poetas más reconocidos en Castilla-La Mancha, cuyas obras cruzan lejanos países, vio nacer otro hijo llamado Nota quisiera ser de cuanto sueño (Ed. Lastura. Toledo, 2017), pero no pudo llegar a presentarlo: “Esperaré seguro, silencioso/ en el ir y venir de este mutismo,/ hasta que haya una luz en cada frente;/ hasta que, todo a punto, presuroso,/ escape del vacío de mí mismo/ para vivir mi sueño eternamente.”

4 oct. 2017

La poesía de José María González Ortega, por Pilar Serrano de Menchén


Si seguimos la poesía actual de nuestra Provincia es preciso ir haciendo escalas para abrir las alas (valga el pareado) y recibir con solemnidad al poeta José María González Ortega; componente del Grupo Literario Guadiana y autor del monográfico último que dicho Grupo, por medio del docto Consejo de Redacción de Guadiana, inaugura con gran puntualidad. Monográficos que están dedicados a los que suman su buen hacer en tan importante y veterano colectivo; dirigido ahora por Eugenio Arce.

Pero hablemos del último número, dedicado al ciudarreleño de corazón y devoción  que nos ocupa, titulado: “Alas rotas que arden”. Alas que arden, como la zarza de la biblia, sin consumirse; pues en este libro hallamos a un poeta curtido en la vida y en la poesía. Poeta de superación cierta; y a pesar que inaugura el libro con versos que alientan lo triste “Abre/ tus alas tristes/ poeta ruiseñor/. Ven/ a soñar/ y defender la vida”, no desgasta el uso de la luz en su esperanza. 
 
Universo y conceptos reunidos para la reflexión y deseo de un mundo mejor. Por ello digamos que su periplo nos lleva por anchos caminos donde la palabra se autentifica y se clarifica para ser entregada; buscada con la verdad de la filosofía oriental. 

Poemario escrito con haiku (jaiku en español para algunos tratadistas). Forma versal que dicen tuvo su primer encuentro con la poesía desde la filosofía zen.
 
Muy amorosamente ha sido tratada tan delicada composición por González Ortega. Pero no nos extraña su convicción y su participación en una poesía tan llena de registros: lo material e inmaterial, la naturaleza y los sentimientos; la percepción del fondo de las cosas apegada a la sensibilidad…; máxime, si revisando su biografía, vamos encontrándonos con una búsqueda constante de lo bello a través de diversas manifestaciones artísticas.


Hagamos memoria. José María González Ortega, ya en 1977, funda los grupos “Cálamo” y “Endovélico”; posteriormente pertenecería a otros, así como a diversos colectivos teatrales y culturales; colaborador y creador de espacios en radio y televisión, suma a su trayectoria un ámbito donde las huellas van dejando su nombre. Altos vuelos que permitieron la publicación en 1979 “La voz de las raíces”, recogido en el volumen “Hacia la luz”; “Testimonio del ansia” y “Hablar con el silencio”.  Desde esas fechas una bien nutrida biografía ha ido sumando en positivo su trayectoria con libros importantes. Entre otros, es preciso destacar la antología por él preparada (1983) y titulada: “Ciudad Real: Poesía Última”; libro prologado por el gran Valentín Arteaga, y nutrido con las excelentes voces de dieciséis poetas nuestros. Más tarde llegarían otras entregas, destaquemos uno de los últimos (2009): “Detrás de las palabras: Posguerra y Transición en la poesía de Ciudad Real”. 
 
En esa línea de superación, en dicho caminar, vamos encontrando hitos y búsquedas, victorias del poeta, con otras entregas que incluyen emociones y tiempo vivido y convivido con la poesía: recitales, homenajes, centenarios, jornadas poéticas…; y de trasfondo la vida: mochila donde la palabra acompaña y acompasa, ayuda a superar dificultades.
 
Un trabajo continuado que lo ha llevado a la reflexión de lo humano en la vértebra de sus registros; y a querer entender la clave de la presencia del misterio poético a través de ese cúmulo de perfección a la que aspiran los versos orientales. “Cantar/ besar otros labios/ alimentar palabras mensajeras”. Pongamos otros ejemplos: “Preparar/ buena tierra/ sembrar urgentes/ poemas insumisos”. “Labios/ verdaderos/ latidos que sangran/ y permanecen silenciosos/”. Asombro y emoción para que el concepto y el precepto conjugue en la poesía.
 
Intercalaciones de la naturaleza, que no debe ser excusa para componer el ramillete que forma la existencia: tan complejo y estremecedor.  En este cuadro múltiple, espacio donde nos vamos haciendo, sin quizá pensarlo, o muy pensado, José Mª González Ortega ha utilizado para sus versos “la luz no usada”; que dijera fray Luis de León.  
 
Trasminada su voz a través de un lenguaje sencillo y universal, en este librito que decimos, apoya sus conceptos en el mensaje intemporal que tiene la buena poesía. “Busca/ con libertad/ el corazón del ángel”.
 
Esencia de vida y expresión personal: la poesía como encuentro y comunicación; y, como toque de atención para un mundo individualizado, seco y hostil. Mensaje por medio de concepto sutiles. Poesía transparente y sensorial, necesaria y justa, con la que se mide la temperatura del corazón. “Dioses/ invisibles/ alas estremecidas/ protegen tu cosecha”.
 
Nuestra sincera enhorabuena a este ramillete de esperanza. 

1 jun. 2017

Alas rotas que arden, por Isabel Villalta

El libro de José María González Ortega (Ciudad Real 1958), Alas rotas que arden (Colección Bibliográfica nº 35 del Grupo Literario Guadiana), es un vivo exponente de la estética de la Generación Beat, desarrollada a finales de los años 40 en los Estados Unidos, en la que la libertad de pensamiento y conducta, mirando el mundo desde el otro lado del cristal de la civilización, sus desencantos y sus tragedias, hizo un canto libertador de su espíritu y una oda a los “ángeles” próximos, a las víctimas de aquel tiempo de guerra y de posguerra mundiales.
 
 
En este libro, el poeta de Ciudad Real se sumerge en la respiración de sus propias experiencias y recuerdos dolorosos con un hálito desajustado, llora en los poemas, en frases yuxtapuestas con ausencia de puntuación la mayoría de las veces, las pérdidas de quienes amaba en extremo que de forma prematura fallecieron, hiriéndole en lo más profundo y, además, marcando su trayectoria lírica. Es poesía hecha a golpes de sentimiento pasional y melancólico como un refugio del amor. Este poeta, así lo veo yo, atrapó en su alma desde muy joven la filosofía de aquellos creadores de la mitad del siglo XX, que tuvo repercusiones más o menos intensas por el resto de los países de occidente, y que le es, como quien dice, innata (así lo veo yo, que lo conozco) para desde esa pureza y vigor en abandono cantar a sus recuerdos. 
El poeta talla así poemas de iluminación interior, dirige odas a los “ángeles” en que se han convertido seres tan íntimos, entre ellos, al “ángel” o Eva que le dejó colgadas de su entraña las hermosas experiencias del amor, el amor que por ella sentía y la que, a la manera de la Beatriz de Dante, se haya en el submundo conduciendo en su soledad creadora, hasta un final paradisiaco o “ciudades, pueblos abandonados”, su palpitar de hombre-amante. 
Beat puede traducirse como “abatido”. Así se sentían aquellos poetas en aquella sociedad americana sumisa a las tragedias de la guerra y la liberación de Occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial que rechazaban, y así, ante el dolor prematuro o siempre injusto o triste de la muerte, ante el recuerdo de los seres que tanto amó, se siente este poeta que es José María González Ortega. 
Leer Alas rotas que arden conduce por todas esas realidades y más, por otras vivencias veladas que palpitan en su actualidad o son su propia fortaleza y adonde y desde las que el autor manda guiños de esperanza (“Ven/ a soñar/ y defender la vida”); es ver que, a pesar de que se la consideró extinguida a partir de la guerra de Corea (1950-1953), que su movimiento retembló hasta el final de la de Vietnam (1975), a pesar de la decadencia Hippy y otras rebeldías relacionadas, la estética y la filosofía oriental de la Generación Beat se mantiene viva en el reencantamiento lírico de los poemas de este creador de Ciudad Real, este poeta que, pese a los recuerdos dolorosos y su inmersión creadora en ellos, invita a “Cantar/ de nuevo/ besar otros labios/ alimentar palabras mensajeras
 

29 may. 2017

Alas rotas que arden por Joaquín Brontons

Ha antologado y escrito interesantes textos introductorios de cada uno de los poetas manchegos incluidos en la antología 'Posguerra y Transición en la poesía de Ciudad Real', que editó Almud. 

José María González Ortega, nació en Ciudad Real, en 1958. Escribe poemas desde 1977 y ha publicado los poemarios: La voz de las Raíces (C. Real, 1979), Testimonio del ansia (Diputación de Ciudad Real, en su colección Biblioteca de Autores Manchegos, 1998), y Hablar con el silencio, editado en 2009 por la Diputación provincial, en la colección antes citada, que tantos poetas y escritores ha dado a conocer y que dirige mi viejo amigo José Luis Loarce, que hace un trabajo magnífico, como se puede ver en las bellas ediciones que publican de autores manchegos, donde hay excelentes libros de diversas temáticas. 

José María González Ortega no solo es un buen poeta y crítico literario colaborador del diario Lanza y de la revista Manxa, entre otros medios, que ha escrito hermosos libros de versos y excelentes reseñas críticas, ya que, también, es un estupendo antólogo, que ha preparado varias antologías de nuestra tierra, como Ciudad Real: Poesía Última (Diputación de C. Real, 1983) y una segunda edición ampliada en 1984, publicada por la misma Diputación en su citada colección BAM. 

También ha antologado y escrito interesantes textos introductorios de cada uno de los poetas manchegos incluidos en la antología Posguerra y Transición en la poesía de Ciudad Real, que editó Almud, ediciones de Castilla La Mancha, en su colección Biblioteca Añil Literaria, 2009, que con tanto atino y certeza a dirigido mi buen amigo el periodista, escritor y editor, Alfonso González Calero, ahora ya merecidamente jubilado, como el autor de este artículo, tras tantos años de lucha. 


El libro
El conocido Grupo Literario Guadiana, de Ciudad Real, que edita la veterana revista Manxa, dirigida por el poeta y crítico Eugenio Arce Lérida y coordinada por el escritor Esteban Rodríguez Ruiz, ha publicado, en su colección bibliográfica, que hace ya la número 35, el poemario: “Alas rotas que arden”, cuyo autor es José María González Ortega, que ha incluido veintitrés poemas muy interesante, dado que, dicho poeta, es poseedor de una voz propia y original, algo muy difícil de conseguir en la poesía, donde son legión los vulgares imitadores de otros aedos. Además, se aprecia fácilmente, que es un libro escrito con la sangre roja del corazón, en el que se ve, se palpa, la sensibilidad del artífice que lo ha redactado. 

Dicho libro lo conocí hace unos meses, cuando aún estaba inédito, dado que el autor me lo adjuntó en un correo electrónico; tras leerlo, le contesté en otro correo, diciéndole que era un buen libro de poemas, que me había gustado. Ahora, al verlo bien publicado y releído detenidamente, se lo repito: “Alas Rotas que Arden”, es un excelente tomo de buenos versos, en el que se lee verdadera poesía, algo raro hoy en día, donde abundan los poetastros…